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Esta vuelta a Miguel de Unamuno, al cabo de los veinte años de la aparición de Las máscaras de lo trágico, supone una depuración interior de la visión de Pedro Cerezo, ya filtrada de la inevitable erudición y aparato crítico de aquella investigación y más centrada en el estilo mental y existencial del agonista vasco. Tres ideas sustanciales marcan esta nueva lectura: La primera, la inspiración integralmente poética de su palabra y de toda su obra, pero de una poesía de raíz religiosa -la religión poética y cristológica de Unamuno- que fue su respuesta original a la experiencia del nihilismo en el fin del siglo. No es, pues, extraño que esta identificación romántica de la existencia y la palabra le lleve a una reacuñación del arquetipo cristológico, como el centro mitopo(y)ético de toda su obra. La segunda, que su agonía interior -su tragedia personal por “querer creer y no poder creer y creer”, que dijera Antonio Machado- fue la forma de preservar íntimamente su fe en la palabra poética contra el intelectualismo objetivista que había desterrado la experiencia de lo numinoso. Esta fue su batalla con José Ortega y Gasset, a la que se dedica el ensayo central de este libro, “Una amistad sideral”. La tercera, que la actitud política de Unamuno, también poético/religiosa en su raíz por su forma pro-fética, utópico/trágica, fue siempre de inspiración liberal, pero con un profundo sentido solidario -su religión laica de la libertad y la solidaridad- que fraguó en un nuevo humanismo existencial de la palabra encarnada.