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Armando López Castro inscribe la obra de Unamuno en una tradición en la que descuellan los nombres de Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Pascal o Kierkegaard, autores que se han aproximado a la luz interior que propicia la escritura como ejercicio de suspensión entre el tiempo y la eternidad. A través del irracionalismo de Pascal y Kierkegaard, Unamuno busca una conciliación entre la filosofía y la poesía que siente presente en los grandes visionarios como Coleridge, Hölderlin o Leopardi. Para López Castro, «a fuerza de excavar en lo íntimo, la palabra de Unamuno aparece como forma orgánica del mundo y canta con un ritmo que cubre la realidad entera».