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La Catedral Vieja de Salamanca poseía originariamente dos torres: una, que llamaban «Mocha», por su forma y menor elevación que la otra y que era, según Fernán Pérez de Guzmán, la mejor fortaleza de la ciudad, en la que repetidas veces se refugiaron los rebeldes; y la torre de las «campanas», que era una «buena y singular pieza», como manifiestan en su dictamen de 1512 los nueve arquitectos que se reunieron para determinar la construcción de la Catedral Nueva. El conservarla fue una de las razones que tuvieron para edificar el nuevo templo en el sitio que lo hicieron, pues así dicha torre quedaba entre las fachadas de las dos catedrales y servía para ambas.